El fuego

El fuego en la casa ya estaba quemando los muebles, aquellos que guardé de mis abuelos.
Lo único que pude hacer fue agarrar un vaso de agua y tirarlo en el sillón, mientras parado en el medio del living observaba como las llamas iban destrozando las cortinas.
La alfombra se iba prendiendo fuego de una forma circular como para darme tiempo de intentar salir.
“Ese cuadro no, ese no por favor”, dije en voz alta como si el desastre fuese hecho por alguien.
Pero quieto, contemplé como el fuego de una silla que tenía contra la pared creció junto al del empapelado verde claro, y el cuadro lentamente se empezó quemar frente a mí.
El marco grueso parecía darle tiempo al recuerdo que se iba muriendo.
De repente, como si estuviese recordando mi vida sentí un escalofrío.
Una lágrima tuvo la crueldad de nacer y hacerme recordarte.
Como si mirar tu retrato no fuese ya demasiado para mí.
Como si el color de tus ojos no estuviera a mí alrededor.
Sentí otra lágrima caer por mi pómulo lentamente para después bordear mis labios.
Parecía conocer mi rostro, como si la soledad ya hubiese trazando su camino.
A punto de caer acuné mi brazo y la lágrima cayó en la palma de mi mano.
Ahí estaba ella, vestida de bufón, circular y hermosa.
Otras lágrimas siguieron su curso y se le unieron a ésta.
De pronto, un charco en mi mano cobró la forma más hermosa posible, esa que siempre soñé.
Tu rostro apareció tibio y maternal, y tus ojos me miraron con pena y amor.
Como diciéndome que no me entregue al dolor, tus ojos me hablaron y abrazaron a mi corazón dándole esperanza.
Pero yo nunca pude aprender a  vivir solo por los dos.
Te miré y supe que lo entendiste, mientras sentía que hacías fuerza para reconfortarme.
Y ahí fue que te dije hasta luego mi amor y fui a buscarte sabiendo desde un primer instante adonde el fuego, bienvenido amigo, me llevaría.

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